Doctor de Mallorca: «Mi esposa tuvo coronavirus, tomó dióxido de cloro y se curó sin ningún efecto adverso»


Artículo original de MallorcaDiario.com, periódico local de las Islas Baleares, en España:

Nacido en Denia (Alicante) hace 83 años, el doctor Juan Antonio Bueno Bertomeu cursó los estudios de Medicina en la Universidad de Valencia y, posteriormente, se trasladó a la Universidad de Heidelberg, en Alemania, para especializarse en Medicina Interna y Endocrinología, área en la que ha centrado la mayor parte de su actividad profesional.

Jubilado hace poco más de un lustro, cuando contaba 77 años, ha ejercido su profesión en Mallorca durante más de cinco décadas: primero, como facultativo del sistema público de salud y, más tarde, abriendo su propia consulta privada en Palma como socio fundador del grupo Endocrinología Balear. Igualmente, durante varios años, entre finales de los 60 y principios de los 70, ocupó el cargo de director médico de Clínica Femenía, contribuyendo a modernizar un modelo asistencial que precisaba de una rápida adaptación a la realidad social de una isla transformada por el boom turístico.

Casado con una mallorquina, Margalida Sancho, su amor de juventud y por quien tomó la decisión en su momento de establecerse definitivamente en la isla, el doctor Bueno no olvidará fácilmente el pasado mes de marzo, cuando su esposa, que siempre había gozado de buena salud, presentó, de forma repetina, síntomas que ya en esos momentos iniciales de la pandemia comenzaban a atribuirse directamente al coronavirus: fiebre elevada, tos, fatiga, y el que es, sin duda, uno de los signos más característicos de la Covid 19: la pérdida del sentido del gusto y el olfato. Posteriormente, un test de anticuerpos confirmó que, en efecto, Margalida había estado contagiada por el virus. Decidido a ayudar a su cónyuge, cuyo estado de salud se agravaba por momentos, el doctor Bueno recurrió al dióxido de cloro.

En la siguiente entrevista de mallorcadiario.com, comparte su experiencia, y la de se mujer con el Dióxido de Cloro:

Doctor, ¿qué le ocurrió exactamente a su esposa?

A finales de marzo, poco después de la declaración del estado de alarma y, por tanto, en las primeras semanas que siguieron a la irrupción de la Covid 19, mi mujer empezó a sentirse mal. Tenía una fiebre muy alta, tos persistente y violenta, había perdido el sentido del gusto y del olfato, y notaba durante todo el día una fatiga demoledora que le dejaba sin fuerzas para hacer nada. Me preocupé, lógicamente. Margalida tiene 77 años y llevamos más de medio siglo casados, así que, como todo el mundo podrá comprender, conozco perfectamente su historial médico. Y, en este sentido, he de decir que siempre ha sido una mujer sana, nada proclive a desarrollar gripe o patologías respiratorias y que, además, nunca presentaba episodios de fiebre. Todos estos antecedentes hicieron que mi inquietud aumentase todavía más, y dado que, como decía, en ese momento el coronavirus ya formaba parte, por desgracia, de nuestras vidas, llamé a uno de los teléfonos habilitados por la Administración sanitaria para referirles el caso de mi mujer y explicarles todos los detalles. También les conté que era médico, por supuesto. Quedamos en que permaneceríamos en contacto y, en efecto, me telefonearon al día siguiente. Nunca más lo hicieron.

«Los síntomas de Margalida eran preocupantes: temperatura elevada, tos, pérdida de gusto y olfato… Al día siguiente de administrarle dióxido de cloro, su fiebre descendió a 37 grados»

¿Y decidió buscar una alternativa?

Para mí la prioridad era ayudar a mi esposa. Creo que cualquier persona puede entender esto. Ella, que jamás solía estar enferma, se encontraba de cada día peor, con todos los síntomas que he explicado antes. Margalida también se daba perfecta cuenta de la situación y me pidió que si se producía un desenlace trágico quería morir en casa, y no en un hospital. Me hizo prometérselo. Y lo hice, claro. Pero, por supuesto, mi propósito inquebrantable era salvarle la vida, y busqué, en efecto, alternativas. Una de ellas era el dióxido de cloro. Yo ya conocía este producto porque había leído y escuchado información sobre sus efectos, y cuando un médico me habló de esa posibilidad pensé que valía la pena intentarlo. Rápidamente, le suministré las tomas a mi mujer. Cuando le administré la primera dosis, Margalida tenía 40 grados de fiebre. A la mañana siguiente, la temperatura había bajado a 37, y por la tarde de ese mismo día, a 36. La tos remitió, y, de hecho, su sistema pulmonar parecía estar respondiendo a la perfección. No en vano, yo la auscultaba prácticamente cada hora y, más allá de ciertas sibilancias, completamente normales porque en el pasado había desarrollado algunos episodios de alergia, no presentaba ninguna señal preocupante. A los dos días desde que empezó a ingerir el dióxido de cloro, Margalida ya se levantó de la cama y pudo reanudar, prácticamente, todas sus actividades cotidianas. Todavía se encontraba algo cansada, pero poco a poco también la fatiga fue desapareciendo, y, al mismo tiempo, recuperó completamente el olfato y el gusto.

¿No se produjo ningún tipo de efecto adverso o secundario?

Ninguno en absoluto. Tanto Margalida como yo mismo estuvimos ingiriendo el dióxido de cloro durante un mes, ella con el protocolo curativo y yo con el protocolo preventivo, y no sufrimos ningún tipo de complicación asociada.

«Mi esposa y yo tomamos las dosis durante un mes, en mi caso por razones preventivas. Ninguno de los dos desarrollamos el más mínimo efecto secundario»

¿Usted también enfermó?

No, o al menos no desarrollé ningún síntoma, pero me pareció conveniente y aconsejable, por razones puramente preventivas, tomar este producto al mismo tiempo que lo hacía Margalida. Tenga en cuenta que somos contactos estrechos, compartimos un mismo espacio, y dado que ella se había contagiado, era probable que yo siguiera el mismo camino. Mantuvimos la toma de las dosis durante el periodo de un mes, como ya le he indicado, y ahora, recientemente, a causa de la inminencia de las fiestas navideñas, hemos reanudado ambos la administración del dióxido de cloro, dado que estas fechas favorecen un mayor contacto social y familiar.

En el caso de su esposa, ¿se le llegó a efectuar un test que confirmara el contagio por Covid 19?

Sí, un test de anticuerpos. Eso ya fue más adelante, cuando había superado la infección. Como es sabido, en los primeros tiempos de la pandemia, que fue cuando ella se vio afectada por el coronavirus, todavía no se ponían a disposición de los usuarios los test PCR. Sin embargo, en su momento se sometió a la prueba de anticuerpos, que certificó el hecho de que, en efecto, los síntomas que sufrió Margalida eran la consecuencia directa de un proceso de Covid 19.

«Un test de anticuerpos confirmó posteriormente que Margalida se había contagiado por el virus»

¿Ha tenido usted la oportunidad de conocer, directa o indirectamente, otras situaciones análogas a la que vivió su mujer, es decir, personas con coronavirus que se recuperaron completamente y sin efectos adversos tras ingerir dióxido de claro?

Así es, he tenido conocimiento de casos similares. Por ejemplo, el de un padre, un medico valenciano como yo, y ya avanzado en años, y su hijo, que se contagiaron casi al mismo tiempo. El padre no recurrió a la opción del dióxido de cloro. Por desgracia, no pudo superar favorablemente el proceso y acabó falleciendo. El hijo llegó a estar muy grave, pero finalmente se salvó. Él sí probó este producto y, como ha sucedido con otros pacientes, no desarrolló ninguna clase de efecto adverso.

Como médico que ha ejercido su profesión durante más de cincuenta años, ¿recomendaría la administración de dióxido de cloro a un paciente con coronavirus que le pidiera consejo?

Mire, si alguien me pide opinión, yo, simplemente, me limito a contar mi experiencia, como estoy haciendo ahora. A mi esposa le funcionó, se restableció completamente después de haber desarrollado síntomas muy preocupantes, y en cuanto a mí, a pesar de convivir con una persona que se infectó por Covid 19, no he desarrollado signos de la enfermedad en ningún momento, dándose la circunstancia de que estuve ingiriendo dióxido de cloro con fines profilácticos. Esa es mi historia, y lo que yo puedo contar. ¿Mi mujer se ha curado gracias al dióxido de cloro? ¿Yo no he enfermado gracias a este mismo producto? Personalmente, estoy convencido de que es así, pero más que eso no puedo decir, porque una afirmación de estas características, si se formula desde una perspectiva eminentemente científica, precisa de pruebas y evidencias que únicamente son posibles de obtener a través de la investigación.

«¿Mi mujer se ha curado gracias al dióxido de cloro? Yo me limito a contar mi experiencia. A Margalida le funcionó, se restableció completamente»

En este sentido, según las informaciones de que usted dispone, ¿se están destinando recursos, a nivel mundial, para llevar a cabo este tipo de investigaciones?

No. ¿Por qué? Pues yo no lo sé, ni puedo saberlo. Desconozco las razones por las que no se impulsa una investigación a nivel internacional que confirme o desmienta la aportación que está en condiciones de ofrecer el dióxido de cloro en la curación del coronavirus. En una situación de pandemia como la que estamos soportando desde hace ya muchos meses, me resulta incomprensible que no se juegue esta baza. Mucha gente está muriendo, otras personas enferman gravemente, y existen de cada vez más testimonios sobre los efectos benignos del dióxido de claro. Sin embargo, los gobiernos se resisten a dar el paso de promover un proyecto de investigación que arroje luz sobre el asunto.

De hecho, la mayor parte de instituciones médicas y científicas se han posicionado claramente en contra del dióxido de cloro como medicamento contra el coronavirus. ¿Le sorprende?

Más que nada, me resulta curioso. Tal como están las cosas actualmente, cualquier persona puede adquirir dióxido de cloro de forma totalmente legal para potabilizar el agua, por ejemplo, la cual, posteriormente, consumirán tanto ese comprador como su familia o su círculo cercano. Sin embargo, si esa misma persona manifiesta que piensa hacerse con una partida de este producto para utilizarlo como medicamento, le dirán que no puede hacerlo, que está prohibido, y que incluso puede ir a la cárcel. Ciertamente, las posibilidades que ofrece el dióxido de cloro son vistas con mucho escepticismo por parte de la comunidad médica y científica, y también por los gobernantes. Sin embargo, en la historia de la medicina este tipo de actitudes son frecuentes.

«Mucha gente está muriendo o enferma gravemente a causa de la pandemia. Por eso resulta incomprensible que no se investigue sobre el dióxido de cloro»

¿Qué quiere decir?

Me refiero a que muchos médicos e investigadores han sido tratados de locos en su momento por defender tratamientos que, después de algún tiempo, se han demostrado efectivos. Le contaré un caso muy paradigmático, de muchos años atrás, el de un ginecólogo húngaro, el doctor Ignaz Philipp Semmelweis, que fue perseguido con saña por sus propios colegas porque tuvo la osadía de recomendar que antes de asistir a una mujer que estaba de parto era preciso que quienes intervinieran en la operación se lavaran las manos. Hoy puede parecernos difícil de creer, pero en la época en que sucedió todo esto las medidas higiénicas que se adoptaban en los alumbramientos eran verdaderamente precarias, por no decir inexistentes. Pues bien, a este ginecólogo no solo no le hicieron caso y le expulsaron del colegio de médicos de Viena, ciudad en la que ejercía su profesión, sino que le diagnosticaron locura y acabó encerrado en un manicomio. ¿Qué quiero decir con todo esto? Pues, sencillamente, que cualquier avance que se haya realizado en el mundo de la ciencia y la medicina ha debido superar primero el espeso manto del escepticismo, del descrédito y del desprestigio.

«Cualquier avance ha debido superar primero el manto del escepticismo. Muchos investigadores han sido tratados de locos en su momento y luego, con el tiempo, se ha demostrado que tenían razón»

¿Y eso por qué, según su punto de vista?

Mire, aunque esté jubilado, sigo siendo médico, y no me importa reconocer que en nuestro colectivo profesional acostumbramos a pecar de soberbia. Creemos que estamos en la posesión de la verdad. Y no es así. Hay que saber abrirse a nuevas opciones y posibilidades en vez de aferrarse únicamente a los conocimientos que se han adquirido en la facultad de Medicina sin preocuparse por evolucionar, por constatar la viabilidad de nuevas alternativas.

«Soy médico, a pesar de estar jubilado, y no me importa reconocer que en nuestra profesión acostumbramos a pecar de soberbia. Creemos estar en posesión de la verdad»

De todos modos, doctor, ¿qué le contestaría a alguien que a sus argumentos opusiera el de que el uso medicinal del dióxido de cloro no ha sido certificado científicamente y que, por tanto, no es lícito que un médico aconseje su administración?

Si algún interlocutor me dijera eso, yo invocaría el Tratado de Helsinki, que sienta claramente las bases de los principios éticos en el ejercicio de la medicina. Este documento afirma sin cortapisas que un médico está facultado para recurrir a cualquier medio que tenga a su alcance si piensa o cree que mediante esta acción tendrá la posibilidad de salvar la vida de su paciente o curarle de una determinada enfermedad. Insisto: no lo digo yo, sino que está en el Tratado de Helsinki. En este texto de cabecera para cualquier facultativo, sea cual sea su ámbito o especialidad, no aparece ninguna coletilla donde se matice que todo tratamiento que un médico administre ha de contar con investigaciones que avalen su efectividad curativa. No, lo que dice es que la vida del enfermo es la principal prioridad y que, por tanto, si el profesional, en virtud de los conocimientos de medicina y la experiencia clínica que atesora, considera que un producto puede ser de ayuda para el paciente, puede y debe administrárselo.

«El Tratado de Helsinki lo dice muy claro: salvar la vida del paciente es la principal prioridad del médico, incluso aunque deba recurrir a tratamientos cuya efectividad no haya sido avalada científicamente»

Entretanto, tanto el mundo científico como los gobiernos y la sociedad en general apelan a la inminente llegada de la vacunación contra la Covid 19 para superar esta crisis sanitaria. ¿Es optimista sobre el alcance real de esta vacuna?

Es posible que brinde una solución a toda esta situación. No seré yo quien afirme lo contrario, porque, sinceramente, lo desconozco. Puede que la vacuna funcione, o puede que, desgraciadamente, no sea así. Eso se verá con el tiempo. Ahora bien, una cosa sí diré: estamos hablando de un tipo de vacuna que se no ha fabricado jamás. Por tanto, nadie sabe en realidad cuál será el resultado, si curará o no el coronavirus, cuánto durará la inmunidad, o si aparecerán o no efectos secundarios adversos. Se ha primado la rapidez, y ya tenemos vacuna en un tiempo récord, pero sin pruebas fehacientes de su eficacia y sus consecuencias para la salud humana. A partir de aquí, la reflexión que me hago es la siguiente: ¿por qué en el caso de la vacuna parece dar igual que no se hayan investigado suficientemente sus efectos, y, en cambio, si se trata del dióxido de cloro, se recurre siempre al argumento de que faltan investigaciones? ¿Por qué las entidades que nos asustan o nos amenazan con esta carencia, que suelen ser las que, a su vez, deberían promover o autorizar estas investigaciones, no usan su poder para hacerlo, sabiendo, además, que el dióxido de cloro es un producto muy antiguo, tremendamente barato y muy experimentado a nivel popular? Dicho esto, espero que la vacuna represente la solución para superar esta complicada coyuntura. Lo sabremos con el tiempo.

«¿Por qué en el caso de la nueva vacuna parece dar igual que no se hayan investigado suficientemente sus efectos, y, en cambio, cuando se trata del dióxido de cloro se utiliza este argumento para desprestigiarlo?»

Una última pregunta, doctor, a título de curiosidad: ¿a qué sabe el dióxido de cloro?

A agua. Es como si uno se estuviera tomando un vaso de agua del grifo, ni más ni menos. Su sabor no apasiona, si he de ser sincero, pero tampoco resulta degradable. Es neutro, como el agua. Ciertamente, en algunas ocasiones, puede apreciarse un cierto gusto a cloro, pero muy leve, apenas perceptible. Le hablo desde la experiencia. He estado tomando dióxido de cloro, y estoy ingiriendo este producto también en estas fechas, y la sensación que tengo es la que he dicho: es como beber agua.

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